sábado, 11 de marzo de 2017

Fabricantes de Vampiros - Alberto Laiseca (reseña+relato)

Hola mis estimados lectores del blog! hoy les voy a dejar la video-reseña y el relato completo del escritor argentino, Alberto Laiseca. Espero que les guste, me ha parecido un cuento excelente que nos hace delirar por completo con estos seres tan extraños y particulares que esconden más de un secreto de lo más siniestro.

Alberto Laiseca, escritor argentino, creador de numerosas obras y la destacada "Los Sorias"

Reseña: "Fabricantes de Vampiros"



Relato Completo: Fabricantes de Vampiros por Alberto Laiseca

Recorrían los caminos y los pequeños pueblos de la Alemania medieval. Eran tres: Severo, Angélico y Piadoso. Poseían dos carromatos que contaban con todos los elementos de su oficio. Allí también comían y dormían. Estos vehículos ostentaban carteles en su parte externa que decían: «Doctores en vampirismo», «Destructores de muertos que caminan, chupasangres y devoradores de carne humana». Pero con ellos ocurrían cosas raras, que movían a la suspicacia. En aldeas tranquilas, donde jamás ocurría cosa alguna, no bien llegaban los siniestros carromatos, se producía una ola de vampirismo. Chicas jóvenes eran encontradas desnudas, en sus camas, y sin una gota de sangre. Heridas en el cuello, que bien podrían ser producidas por dientes, o por cualquier otra cosa. Unos pocos hombres se encontraban en las mismas condiciones. Muy pocos hombres.

Como es natural, los aldeanos, muertos de miedo, llamaban a los «doctores» para el examen de los cadáveres. El diagnóstico era siempre el mismo: vampirismo. Y debía procederse de inmediato antes de que la enfermedad se propagase: estacas en el corazón, cortada de cabezas y llenar la boca del muerto (o de la muerta) con ajo. Curiosamente, las hijas de los muy ricos sobrevivían. También heridas en los cuellos y debilitadísimas, pero vivas. Cuando despertaban de sus desvanecimientos, sostenían haber sido violadas y dolorosísimamente mordidas por demonios horribles.

Los afligidos padres ofrecían fortunas a los «doctores» para que, mediante exorcismos, preservasen a sus niñas de nuevos ataques. En un latín que ellos llamaban «arcaico» (ni el cura lo entendía), trazaban sobre las víctimas lo que denominaban «un arco de luz y protección». Debía de ser todo cierto, pese al aire de charlatanería, puesto que las chicas no volvían a ser molestadas y, en poco tiempo, se recuperaban de la pérdida de sangre. El secreto de los «doctores» era muy sencillo. Habían inventado una larga y gorda jeringa de cobre, con émbolo del mismo material. Le adosaban una aguja también de cobre, con punta muy filosa y cortada en bisel. Esta última era demasiado gruesa como para insertarla en la vena, de modo que previamente se abrían paso con un cuchillo, pero tajeando con poca profundidad. Luego de desnudar a la víctima y violarla varias veces, procedían a sacarle litros y litros de sangre con la gigantesca jeringa. El líquido extraído se guardaba en grandes frascos que se cerraban de manera bastante hermética.

Seguramente practicaban, además, hipnotismo casero, alguna droga de esas que distorsionan la percepción, sumado esto a un chapuceo incomprensible en mal latín y disfraces de diablos cornudos. Las supersticiones de la época hacían el resto.

Si alguna chica violada sobrevivía (algunas debían hacerlo, puesto que, como dijimos, ello era parte del negocio), ella juraba haber sido poseída por el Príncipe de las Tinieblas en persona. Y lo peor es que se lo creía.
Con mucha frecuencia, a causa de estos contactos ilícitos, nacía un niño o una niña. El destino de estos desdichados era terrible: quieras que no, eran arrancados de los brazos de sus madres, y de las leches de sus pobres tetas, y quemados vivos.
Pero después de un mes de jolgorio —violaciones, dinero mal habido y asesinatos—, por supersticiosos que fuesen los aldeanos, ya muchos se empezaban a preguntar cómo, en un lugar tan tranquilo, todos los demonios se habían desatado justo con la llegada de los «doctores» Severo, Angélico y Piadoso.
Claro que ellos ya tenían preparada su obra maestra y despedida. Dijeron que el monstruo estaba presto para descargarse. La llegada de los «doctores» lo aterrorizó haciéndolo salir antes de tiempo. Ellos, con sus poderes, averiguarían en quién se había camuflado el maldito.

Para ello eligieron a una pobre vieja, medio loca y sin familia, que vivía en una cueva.

—¡Aquí! ¡Aquíííí…! ¡Aquí está el mal encarnado! —gritaron los tres benefactores.

A una orden de Severo, la anciana fue desnudada («Porque el demonio puede esconderse en un pedazo de ropa»). La ataron sobre una mesa formando una equis. La viejita protestaba débilmente. No entendía el porqué de tanta severidad para con ella. Estaba loca, sí, pero jamás le había hecho daño a nadie. Siempre por orden de Severo, Angélico y Piadoso, penetraron con sendas agujas de hierro los pezones de la pobre vieja. Pero sus alaridos no duraron demasiado: con dos fuertes enviones atravesaron la totalidad de los mustios pechos y llegaron al corazón. Dijeron que, en esa aldea al menos, habían cumplido con su deber. Subieron a los carromatos y partieron raudos antes de que los demás pudieran arrepentirse de su pasividad.

Por algo Severo era el jefe. De lejos el más inteligente de todos, no ignoraba que en esa oportunidad casi los pescaron. Todo había salido bien —en tal sentido la vieja fue providencial—, pero gracias a una enorme dosis de buena suerte. «La próxima vez no sé qué tal nos va a ir», razonó Severo y así se los dijo a sus ayudantes.

—¡Pero, Maestro! —protestaron Angélico y Piadoso—. ¿De qué vamos a vivir?

—No sé. De otra cosa. Debemos reformarnos y cambiar de vida. Este solo propósito de enmienda ya me hace sentir más bueno. Y por favor: recuerden siempre que el cielo ayuda a los suyos.

Reformarse era, pues, cosa decidida. Ahora bien, ¿la bondad cómo? ¿Qué camino, qué orientación le darían a la recién adquirida bondad?

—Lo mejor será fabricar un prostíbulo de chicas zombis.

Los otros se asombraron.

—Pero, Maestro… —protestó Piadoso débilmente—. Tengo entendido que la zombi no nace: se hace. ¿Usted sabe hacerlas?

—Por supuesto. En mis viajes por Italia visité Florencia. ¡Ah!, ésa sí que es una ciudad civilizada. Son los primeros en pintura, arquitectura, suplicios. Pero antes que nada dejen que les hable de las virtudes de la zombi por sobre cualquier otra mujer. Son trabajadoras inagotables, a quienes además se puede morder y pegar. Siempre sonríen y jamás protestan, cosa que las hace invalorables para cualquier cliente. Muchos terminan casándose con ellas. Nosotros lo permitiremos. Por un cierto y adecuado precio, claro está. Muchos hombres de vidas confusas han logrado paz, encarrilamiento y fe gracias a estas chicas. Incluso es un bien para ellas mismas, puesto que son liberadas de la tarea de pensar. Sus vidas se ordenan mediante la obediencia absoluta. Leo en sus caras la gran pregunta: «¿cómo?». En efecto: ¿cómo se logra este acto de alquimia?, muy sencillo. Mis amigos y maestros florentinos han inventado para los más difíciles interrogatorios un recurso magnífico. Lo llaman «el sueño italiano».

»La Inquisición hace ya mucho tiempo que sabe que de un detenido o detenida se puede obtener cualquier confesión mediante el muy simple medio de arrancarle las uñas o la totalidad de los dientes y muelas, uno por uno. Para los casos más grandes de reticencia, se procede a la introducción de un hierro candente en la vagina o en el ano. Pero así el paciente queda definitivamente deteriorado, se convence del todo de su error e incluso incurre en el mal gusto de morirse.

»Nada de esto, por lo general, ocurre con «el sueño italiano». Consiste en un alto cilindro que se abre longitudinalmente. Adentro está lleno de pinchos filosos, pero ha sido calculado para que no toquen a la víctima si ésta se queda quietita. A la chica, sea un ejemplo, se la mete desnuda y luego se cierran las dos mitades. Ya dijimos que si te quedas de pie, sin moverte, los filosos pinchos no te pinchan. Pero este estado de absoluta quietud no es natural. Todo en uno tiende a la movilidad y al jolgorio. Además alguna vez hay que dormir. Muslos, piernas, trasero, espaldas y pechos sufren dolores agudísimos que se van acentuando con el paso de los días. Algunas chicas sufren accidentes. Son las no aptas para la zombificación. Pero eso está previsto y siempre se puede hacer algo con ellas. Nuestros amigos habían juntado bastante dinero en sus correrías. Por otro lado, Severo resultó enemigo de las expansiones. Avaro, en realidad, y el que mandaba era él. De modo que compraron un buen trozo de tierra en las afueras de cierta aldea y mucha madera. Contrataron gente para levantar el Castillo del Placer. Éste iba a ser el prostíbulo de las zombis, naturalmente. Aquélla era una construcción altísima, contrahecha y que, si no se venía abajo, era gracias a la superabundancia de clavos. Resultaba una suerte de megalomanía idiota. Siempre en el interior del predio, pero en las afueras del castillo, cavaron un misterioso pozo de treinta metros de hondo.

En realidad, la fabricación de zombis costó mucho más de lo que se creía en un principio. Por de pronto muchas chicas se volvían locas con el encierro: falta de descanso, claustrofobia, histeria, a punto tal que ellas mismas se largaban contra los pinchos buscando la muerte. Las que no lo conseguían salían tan deterioradas que ya no podían interesar a hombre alguno. Pero tanto muertas como piltrafitas pateables eran aprovechadas por el ingenio de Severo, quien siempre les encontraba utilidad. Inventó lo que él llamó «El guiso de los doctores». Cortaban pechos y caderas en pequeños cubos y de todo ello salía una comida exquisita. El resto no aprovechable de las muertitas iba a parar al pozo, juntamente con grandes bloques de cal viva. También había triunfos, naturalmente. Unas pocas chicas salían del encierro totalmente bobas y listas para trabajar. Fieles a sus costumbres, los tres inseparables las hicieron suyas durante varios días antes de entregarlas a las fieras.

Al principio el negocio marchó muy bien. Los clientes estaban encantados con esas muchachas tan raras y sometidas, que no protestaban les hiciesen lo que les hicieran. El problema empezó al año más o menos, cuando la totalidad de los aldeanos (hombres y mujeres) contrajo la sífilis. Desesperación y furia. Entonces tuvo lugar una escena que hemos visto muchas veces en el cine con las películas basadas en la historia del doctor Víctor Frankenstein. Una noche los furiosos aldeanos salieron todos juntos, empuñando antorchas y horquillas, y el Castillo del Placer ardió por los cuatro costados. Las zombis serían muertas que caminan, si a usted se le antoja, pero era cosa de oír cómo gritaban.

En realidad los aldeanos fueron bastante injustos. De la sífilis no podían culparse más que a sí mismos por ir a un prostíbulo. Buscaron a los «doctores» por todos lados con el objeto de enterrarlos vivos, pero hasta eso había sido previsto por nuestro genio Severo: un túnel secreto y larguísimo llegaba hasta las afueras de la aldea y allí los esperaban los carromatos.

—Maestro, Maestro… —dijo Piadoso muy compungido y luego que se hubieron puesto en seguridad—, ya ve que es inútil querer reformarse. Uno está marcado y no lo dejan.

—Es cierto —homologó Severo.

—Ahora yo digo, no, se me ocurre —terció Angélico—, ¿y si fundamos una posada, donde el plato fuerte sea «El guiso de los doctores»?

—La idea no es mala, en principio —comentó Severo—. Pero el problema es siempre el mismo: no es fácil conseguir materia prima.

Pero Angélico no aflojaba así nomás.

—¿Y si nos casamos y tenemos muchos hijos?

—Nooo: la demanda siempre va a superar, con mucho, a la oferta —dijo Severo—. Además habría problemas con las madres: siempre se encariñan con la cría, etcétera.

Piadoso preguntó:

—¿Y si fundamos un asilo de huérfanos?

—Tampoco —desaprobó Severo—. Los huérfanos nunca son tantos y además hay mucha vigilancia. No. Imposible. Mucho me temo que nos veremos obligados, nuevamente, a ser doctores en vampirismo.

Y así lo hicieron, los tres, aunque desilusionados y bajo protesta.

Ésta fue la manera como, luego de muchas y productivas aventuras, cuatro años más tarde nuestros bienaventurados monstruos llegaron a una aldea de Baviera. Los aldeanos eran raros, casi no hablaban y estaban poseídos por el temor. Les extrañó mucho que después de vaciar a las primeras chicas nadie viniese a consultarlos. Ni siquiera los padres de vampirizadas ricas.

—Aquí las chicas son muy lindas —comentó Severo—, pero mucho más interesante es el dinero. Si siguen sin pedirnos ayuda, en cuatro días nos vamos.

Esa noche dieron con una víctima lindísima. No parecía una suicida. Más bien semejaba una idiota bien dispuesta. Se desnudó sola, sin necesidad de que le arrancasen la ropa. Sólo dijo:

—No me lastimen, por favor.

Transmitía una onda increíblemente erótica.

Empezaron. Pero mientras más se lo hacían, más necesitaban hacérselo.

Mucho más tarde descubrieron que nadie, ningún hombre, puede tener tantas relaciones seguidas con una mujer. Estaban tirados en el piso, sin una gota de energía. No podían moverse. Indefensos por completo.

Ella se les rio en la cara y les dijo:

—Aldeanos supersticiosos, ¿cierto? ¿Saben por qué aquí nadie les pidió ayuda? Porque sabían que iba a ser inútil. Después de todo los felicito: vivieron varios años sacando partido de la leyenda. Pero siempre llega la hora de pagar.

Estaba muy enojada. Que no creyeran y además se burlaran lo tomó como una falta de respeto. «Pecadillos» como zombis y guisos la tenían sin cuidado. No era lo suyo.

Sí. Ella era una «leyenda» con muchos caninos, felinos y molares. Chiste esquizofrénico. En realidad, quisimos señalar su boca dotada de incontables dientes. Hasta un cocodrilo se habría asustado. Con lentitud, casi con delicadeza, los mató a los tres

domingo, 5 de marzo de 2017

Dragón Rojo - Thomas Harris


Nombre: Dragón Rojo
Autor: Thomas Harris
Genero: Suspenso / Thriller
Paginas: 448

Reseña

En la novela vamos a conocer a un detective retirado del FBI llamado Will Graham. Él se encuentra en su hogar disfrutando su retiro junto a su familia disfrutando la paz que esto conlleva, alejado de peligros y riesgos. Hasta que un día llega uno de sus ex compañeros, llamado Jack Crawford, Él su encuentra desesperado y por eso recurre a Will, pidiéndole que lo ayude, debido a que dos familias en los Estados Unidos han sido asesinadas de forma brutal, la Policia junto con el FBI no pueden resolver este crimen, no tienen pistas, indicios y la investigación se encuentra sin pies ni cabeza. Por eso, su antiguo compañero, Jack Crawford, decide contar con la ayuda de Will por última vez, para resolver estos desesperantes crímenes. 

Es el primer libro que leo de Thomas Harris y la verdad es que he quedado encantado con el autor. Su narrativa es limpia, prolija y sumamente interesante, nos sume en la historia rapidamente y detalla todos los sucesos con una excelente descripcion e información que no se hace para nada pesada e inconclusa. Destaco del autor que es capaz de contarnos varias cosas a la vez, hacer el paralelismo en las historias y hacer el libro completamente llevadero. Es un thriller, en mi opinión, excelente, no le encontré puntos negativos en ninguna parte. Lo recomiendo para aquellos que deseen leer una buena novela de suspenso, bien escrita y con un argumento que nos hará exprimir el cerebro hasta el último minuto.

Calificación: 5/5

Video Reseña



domingo, 1 de enero de 2017

El Descenso - Jeff Long


Nombre: El Descenso
Autor: Jeff Long
Páginas: 500
Género: Ciencia Ficción

El Descenso es un libro que nos va a narrar como el mundo entero descubre que hay unos seres que habitan dentro de La Tierra, quienes al parecer tienen intenciones muy hostiles con la raza humana. La población mundial se da cuenta de esto debido a que comienzan a suceder casos aislados en varios puntos diferentes del mapa. Los gobiernos y las fuerzas armadas deciden iniciar una exploración al subplaneta para poder comprender mejor esta situación, quiénes son estos seres que habitan en el interior y qué es lo que quieren.

El libro está dividido en tres partes, la primera es la presentación del conflicto y de los protagonistas, la novela los ira describiendo uno por uno en capítulos separados. La segunda parte es la convergencia de todos ellos y por ultimo, la tercera parte es la resolución de la trama principal.

Opinión personal: el libro me genero varias sensaciones distintas. El inicio de la historia me parece sumamente atrapante, de hecho un excelente comienzo que te dan ganas de leer más y más. Pero está sensación me duró solo las primeras treinta páginas, ya que después la novela cambia por completo su esencia. Lo que en un principio parecía ser una prometedora historia de terror se convierte en una novela de ciencia ficción, y no necesariamente de las mejores. Desde mi punto de vista, la novela empieza a decaer a partir de este punto. La narrativa del libro se me hizo innecesariamente cargada, los capítulos extensos, sin fuerza, que terminan aburriendo. Ni hablar de los personajes, el autor los presenta uno por uno en capítulos distintos, pero ninguno de ellos me pareció un personaje bien delineado, todos me resultaron intrascendentes, sin personalidad, los diálogos dentro de libro son monosilábicos, sin ningún carisma, todos directo al olvido.

Si hablamos de los personajes secundarios, lo mismo. Un equipo elite de Marines que tienen la misma valentía que un niño de 5 años. Científicos expertos en la materia, los mejores del país, que solo realizan conjeturas estúpidas y suposiciones sin ningún tipo de fundamento o lógica. El diálogo entre ellos roza lo absurdo y lo hace todo muy poco creíble, gracioso por momentos. 

La escritura de libro, por momentos me pareció desprolija, hay situaciones y hechos que suceden de forma "inexplicable", forzadas por el autor para que encajen. Luego del comienzo, que realmente me pareció muy bueno y prometedor, todo se empieza a diluir, los capítulos se hacen largos y poco interesantes, la historia se va para cualquier lado, el autor quizo hacer una gran ensalada de elementos y cosas que no encajaban, a veces parecia un libro de Tom Clancy, en otras repentinamente un Codigo Da Vinci o un "Viaje al centro de la tierra" de Julio Verne, todo se me hizo innesesario, creo que si hubiese seguido una linea principal con algunas variaciones hubiese sido más interesante.

Por la información que hay sobre Jeff Long, es un hombre que está relacionado con el montañismo, se nota que el autor tiene conocimiento del tema y lo aplicó en el libro, pero sentí que lo único que hizo fue volcar sobre la novela, artículos y artículos sobre la materia, con términos, conceptos y teorías sobre la geología que realmente hacían el libro aun mas pesado. ¿Cómo puede ser que personas comunes y corrientes que no sepan de estas cosas, comprendan la capacidad lumínica de las rocas, la capa de basalto y términos realmente específicos? todo me pareció demasiado forzado para tratar de darle sentido a la trama. Considero que el autor tuvo una idea muy interesante en las manos, pero que no la supo aplicar y volcó todo, absolutamente todo creando un mix de elementos y argumentos que desde el inicio no deja bien en claro hacia donde quiere ir Jeff Long con la historia.

El libro no me gustó, lo leí porque he escuchado tantas referencias del mismo, y al no haber mucha información al respecto creo que hay un misterio sobre él, muchos lo catalogan como un excelente libro de horror. Habiendo leído bastante terror, este libro no pertenece al género, a mi forma de pensar, es un libro de ciencia ficción, que a mi parecer hubiese sido mejor si la historia se ejecutaba desde otra perspectiva.

El final: Me pareció completamente absurdo.

Calificación: 2/5

Video Reseña


miércoles, 30 de noviembre de 2016

TR3S - Ted Dekker (Reseña)


Nombre: TR3S
Autor: Ted Dekker
Páginas: 398
Género: Thriller

Hola lectores del blog, hoy les voy a estar reseñando y contando mi opinión sobre mi última lectura, "Tr3s" del escritor Ted Dekker.

Reseña:

En esta historia conoceremos a Kevin, un joven aprendiz de clérigo, que se encuentra en el Instituto realizando sus estudios regulares. Él lleva una vida ordenada, es un muchacho tranquilo, educado y de buenos modales. Nunca había tenido problemas con nadie, hasta que un día saliendo de la academia se sube a su auto para regresar a casa, en ese momento recibe un llamado a su teléfono celular. Numero desconocido, Kevin se sorprende porque nadie, excepto un amigo suyo tenia su numero. Entre nervios y curiosidad decide atender el llamado, una voz misteriosa, grave y susurrante es la que responde del otro lado, un sujeto que se hace llamar Slater, le advierte a Kevin que si no llama al periódico local y confiesa su pecado, en tres minutos el auto explotaría en mil pedazos. A partir de este momento comienza la peor pesadilla de Kevin, este sujeto lo acosará permanentemente anunciándole acertijos y adivinanzas a resolver, si no lo hace se producirán aun mas y peores muertes.

Opinión Personal:

Un thriller psicológico fresco, me gustó muchísimo. La historia me enganchó desde las primeras páginas y ya no podia soltarla. Su lectura es bastante ágil y la forma de narrar de Ted Dekker me resultó muy agradable. Los giros argumentales que tiene el libro lo hacen sumamente entretenido, que no sea demasiado lineal, cosa que en otros thrillers suceden y hacen que se pierda el misterio de saber que va a suceder. No hay elementos de relleno que sumen paginas y nada a la historia, va directo como una flecha, con giros y personajes que se iran presentando que hace que el libro tenga un gran ritmo. Lo recomiendo a todos aquellos que estén interesados en leer algo del autor, creo que es una excelente obra para comenzar con él.

Calificacion: 5/5

VIDEO RESEÑA


miércoles, 23 de noviembre de 2016

El tren de la medianoche - Alfred Noyes (Reseña y relato completo)

Hola lectores del blog! hoy les voy a dejar la video reseña del relato de terror escrito por Alfred Noyes titulado "El tren de la medianoche". Además les voy a estar dejando el relato completo para que lo disfruten.

Video-Reseña



El tren de la medianoche - Alfred Noyes

Era un libro antiguo, empastado en tela roja, lo había encontrado, a los doce años, en la biblioteca de su padre, en uno de los estantes superiores, y contra todas las reglas, lo había llevado a su habitación para leerlo a la luz de una vela, mientras el resto de la vieja casa isabelina, llena de crujidos, se hundía en la oscuridad. Así había sido siempre la escena para Mortimer. Era su habitación una pequeña alcoba aislada, en la que la luz de dos cabos de vela robados ahuyentaba las tinieblas que habían invadido el sueño de los otros. Entonces, a diferencia de ellos, sus mayores, sentía vivir cada fibra y cada nervio de su joven cerebro con una intensidad especial. El tic-tac del reloj de la planta baja, el latido de su propio corazón, todo eso lo llenaba de un sentimiento de profundo misterio.

El antiguo libro ejercía sobre él una rara fascinación, si bien nunca logró captar con exactitud el sentido de la historia. El tren de medianoche era el título del libro, y había en la página quince un grabado insoportable para el niño. Lo horrorizaba. El pequeño Mortimer no había entendido nunca por qué la imagen le producía esa impresión. Ciertamente era un niño imaginativo, pero de ningún modo enfermo. Y pasaba la página quince como había pasado antes los rincones de la escalera, cuando aún no tenía seis años, o como el personaje del Viejo marinero, que, tras de haber mirado una sola vez en torno suyo el camino desierto, sigue su marcha sin volver jamás la cabeza. Aparentemente no había en la imagen nada que pudiera justificar ese pavor obsesivo. La penumbra que bañaba la imagen: eso era lo más impresionante. Mostraba el andén de una estación ferroviaria desierta, iluminado por la luz de una bombilla; un andén desierto que sugería un empalme perdido en una región aislada. No había sino una silueta en el andén: la silueta oscurísima de un hombre a pie a unos cuantos pasos de la bombilla, con el rostro invisible, vuelto hacia la negra boca de un túnel que, por alguna secreta razón, sumergía al niño en un abismo de terror. El hombre parecía escuchar. Tenía la actitud de un hombre en tensión, a la espera de algo, quizá de un drama espantoso. En lo que el niño había podido leer o entender del texto, nada había que justificara la impresión de pesadilla que evocaba la imagen. De cualquier manera, no podía resistir a la fascinación del libro, ni enfrentarse a la imagen en el silencio y la soledad de la noche. Y para no verla más, la sujetó a la página anterior con ayuda de dos alfileres largos. Después decidió leer la historia hasta el final. Pero siempre se dormía antes de llegar a la página 50; los contornos de lo que había leído la víspera se desvanecían; y a la noche siguiente comenzaba de nuevo y, una vez más, se dormía antes de llegar a la página 50.

Pasaron los años; Mortimer creció, lo olvidó todo: libro e imagen.

Sin embargo, un día llegó a encontrarse, poco antes de la medianoche, en el andén de una estación de trenes, en un empalme aislado. Y cuando el reloj de la estación dio las doce, recordó…

Recordó como un hombre que saliera de un sueño prolongado… Allí, bajo la única, siniestra luz, en el largo andén, se hallaba la silueta oscura y solitaria que ya conocía. Un hombre cuyo rostro invisible estaba vuelto hacia la negra boca del túnel. Parecía escuchar, tenso, al acecho, exactamente igual que treinta y ocho años atrás.

Pero Mortimer no sentía ya el pavor de aquel entonces. Iría hacia la silueta solitaria para desenmascararla, para ver al fin ese rostro que se le había ocultado por tanto tiempo. Caminaría con calma, hallaría un pretexto para abordar al desconocido: le preguntaría, por ejemplo, si el tren venía retrasado. Sería algo simple para un adulto actuar así. Pero sus manos estaban crispadas cuando dio el primer paso, como si también él estuviera tenso, al acecho de algo. Lentamente, preso una vez más de la obsesión de sus recuerdos, se dirigió hacia la silueta, la pasó y se volvió de súbito para abordarla. Y entonces vio… sin hablar, sin poder hablar: la silueta… era él mismo… sus ojos se toparon con… sus ojos, como un eco de burla, su propia mirada viviendo en su propio rostro pálido lo miraba… Todos los músculos de su corazón se estremecieron, como si la misma descarga los fuera a paralizar. Lo invadió una ola de pánico. Se volvió, jadeante, y luego se precipitó en una huida ciega, atravesó la sala de espera de la estación, corrió hacia el largo camino iluminado por la luna. Los alrededores parecían totalmente desiertos. La luna reflejaba sobre toda el área su propia desolación.

Se detuvo un instante y entonces oyó, como el eco de los suyos, los pasos entrecortados de un ser que lo seguía y atravesaba en ese momento la sala de espera. Después, sin sentir vergüenza, se abandonó a su angustia: empapado en sudor como una bestia acosada, echó a correr a lo largo del camino, lívido, entre dos hileras interminables de álamos fantasmas que se respondían una a la otra a través de una distancia aparentemente infinita. A un costado del camino, las aguas de un canal recto y largo reflejaban inexorablemente cada uno de los álamos. Oía resonar los pasos a su espalda. Parecían lentos, pero implacables. Más allá, cerca del camino, vio una casa blanca de ventanas oscuras y una puerta que imitaba la expresión de un rostro humano. Pensó que si llegaba a tiempo a la casa, podría encontrar abrigo, una oportunidad de escapar.

Los pasos que respondían a los suyos resonaban todavía lejanos cuando se arrojó, sofocado, contra la puerta: sacudió el picaporte, quiso abrir, pero fue en vano. No había timbre ni aldaba. Con los puños golpeó la madera hasta que le sangraron los nudillos. Al fin, oyó pisadas en el interior de la casa. Esas pisadas bajaron lentamente la escalera. Despacio, una mano tiró del cerrojo de la puerta. Una silueta alta apareció en la sombra. Tenía una vela en la mano, pero de tal manera que le resultaba difícil a Mortimer distinguir el rostro de esa silueta. Después, horrorizado, comprendió que el rostro estaba cubierto por una capucha.

No cambiaron ni una sola palabra. Mediante un gesto, la silueta lo invitó a pasar. Cuando Mortimer lo hizo, la silueta volvió a colocar el cerrojo tras de sí. Luego, invitándole de nuevo con un gesto, la silueta cruzó delante de él para subir la escalera carcomida.

Entraron en una pieza donde ardía el fuego en la chimenea. En cada lado del vestíbulo había un sillón. Y cerca de uno de ellos, una pequeña mesa de roble sobre la cual descansaba un libro antiguo, empastado en tela roja. Era como si el huésped hubiese sido esperado por mucho tiempo y todo estuviera listo para él.

La silueta señaló uno de los sillones, colocó la vela junto al libro y se retiró sin una palabra, echando el cerrojo de la puerta.

Mortimer miró la vela, que le pareció familiar. El olor de la cera derretida lo llevó de nuevo a la pequeña habitación de la casa isabelina de su infancia. Tomó el libro, temblando. Lo reconoció de inmediato, si bien hacía mucho tiempo que había olvidado la historia. Recordó de pronto la mancha de tinta sobre la página del título. Más tarde, sintió un estremecimiento al llegar a la página quince, que había prendido con alfileres, para ocultarla cuando aún era niño. Los alfileres seguían ahí. Tocó nuevamente los alfileres que sus dedos de niño asustado habían puesto en ese lugar.

Volvió a comenzar el libro. Estaba resulto a leerlo ahora hasta el final y a descubrir el significado de todo aquello. Sentía que todo estaba en esas páginas, negro sobre blanco.

El tren de medianoche era el título del libro. Y mientras leía, las cosas se aclaraban lenta, inexorablemente.

Era la historia de un hombre que en su infancia había encontrado un libro, una de cuyas imágenes lo aterrorizaba. Había crecido, perdiendo ese recuerdo. Pero una noche, sobre el andén de una estación desierta, se hallaba en la misma escena representada en la imagen; veía la silueta solitaria bajo la bombilla, y luego de reconocerla, emprendía la fuga, horrorizado. Se refugiaba en una casa al borde de la carretera; era conducido a una pieza donde lo esperaba el libro. Finalmente, se ponía a leer desde la primera hasta la última línea… Y ese libro llevaba también por título El tren de medianoche. Y era la historia de un hombre que en su infancia… Así, para siempre, al infinito. No había salida posible.

Sin embargo, cuando Mortimer encontró por tercera vez la historia de la casa junto a la carretera, una sospecha más aguda lo invadió lenta, inexorablemente. Aunque no hubiera salida, al menos podía tratar de comprender mejor los detalles del extraño círculo en el que estaba atrapado. Pero los detalles no tenían nada de particular. Existían desde siempre. Simplemente, Mortimer nunca había captado su sentido profundo. Ero era todo.

El ser misterioso e inquietante que lo había conducido por la vieja escalera… ¿quién era?

En cuanto a esto, la historia mencionaba algo que se le había escapado a Mortimer. Este bizarro anfitrión que le había dado asilo era más o menos de su misma talla. ¿Acaso también él…? ¿Era por eso que llevaba el rostro oculto?

En el momento mismo en que se planteaba esta pregunta, oyó el ruido de la llave en la puerta cerrada. El misterioso anfitrión se le acercó por las espaldas.

Ahora estaba allí, sentado frente a Mortimer, al otro lado del fuego. Con una horrible indolencia, como una mujer que se dispone a arrancarse un velo, levantó la mano para quitarse la capucha. Mortimer sabía qué rostro era ése. Pero ¿estaría muerto o vivo?

No había sino una salida, una sola. Cuando Mortimer se precipitó hacia adelante y se aferró a su atormentador, fue atrapado a su vez por la garganta con la misma fuerza brutal. Los ecos de sus gritos estrangulados se confundieron indistintamente. Y cuando se apagaron se hizo en el cuarto un silencio tal, que habrían podido oírse… el tic-tac del reloj de la planta baja, el latido de su propio corazón, la queja larga y cadenciosa del mar sobre la costa lejana, igual que treinta y ocho años atrás.

Pero Mortimer pudo escapar al fin. Después de todo, quizá logró tomar el tren de medianoche.

viernes, 2 de septiembre de 2016

Psicosis - Robert Bloch (Reseña)


Nombre: Psicosis
Autor: Robert Bloch
Páginas: 187
Género: Thriller

En psicosis conoceremos la historia de Norman Bates, adulto de 40 años, encargado del Motel Bates. En una noche lluviosa, Mary se encuentra huyendo de su hogar, con 40.000 dólares en la guantera de su auto hacia la ciudad de Fairvale. Toma erróneamente la bifurcación de la carretera principal, haciendo que se extravíe en el camino, luego de horas de estar conduciendo bajo la lluvia y desesperada por no saber dónde se encuentra, se topa con un motel, el "Bates Motel". Norman, el encargado, le dará la llave de su habitación y la invitará a cenar a su casa. Pero durante la cena, Mary descubrirá que Norman es un hombre muy extraño, soltero con 40 años, nunca tuvo trato con una mujer y tiene una relación obsesiva con su madre con su madre, lo que Mary no imaginaba, era que esa iba a ser su última cena.

Opinión personal:

Conocía Psycho por su famosísima adaptación cinematográfica a manos del maestro Hitchcook. No había tenido la oportunidad de conseguir la novela que le dio el origen a la película. Pero por suerte pude solventar eso y finalmente adquirí esta historia. Es un thriller, corto, de aproximadamente 187 páginas depende la edición, en mi caso los "Jet" de Plaza y Janés. La historia engancha desde el principio y fluye rápidamente, no tiene complicaciones y se puede leer en dos o tres dias. La novela me gustó, pero no me fascinó. El argumento es interesante, pero a mi me resultó que todo se desarrollaba de una manera demasiado "fácil", no hay muchos giros en la historia, no hay trabas o encrucijadas, a mi parecer todo es demasiado lineal y predecible, me hubiese gustado que el libro tenga momentos de mayor tensión. Aún así, lo recomiendo para quienes busquen una novelita de suspenso que sea ágil, para leerse en unos pocos dias y sin un argumento complejo, en ese aspecto la considero ideal.

Video reseña:


miércoles, 17 de agosto de 2016

La transición de Juan Romero - H.P. Lovecraft (Reseña+Relato)

Hola gente! hoy les traigo el segundo video especial dedicado a H.P. Lovecraft en su semana aniversario. En esta ocasión les dejo la reseña y el relato completo para que lean de "La transición de Juan Romero", un cuento misterioso y enigmático que recomiendo muchísimo, espero que lo disfruten y si gustan, pasen a ver mi canal de YouTube para encontrar mas contenido.


La transición de Juan Romero - H.P Lovecraft

No disfruto al hablar de los sucesos ocurridos en la mina Norton el 18 de octubre de 1894. Un sentimiento de obligación para con la ciencia es lo que me lleva a recordar esta época de mi vida, escenas y hechos cargados de un horror doblemente intenso por cuanto no puedo definirlo con claridad. Pero creo que antes de morir debo contar cuanto sé de la -llamémosla transición- de Juan Romero.

La posteridad no necesita saber ni mi nombre ni mi origen; de hecho, creo que es mejor omitirlos, ya que cuando un hombre emigra repentinamente a los Estados Unidos o a las colonias deja atrás el pasado. Además, lo que yo fuese una vez carece de la menor relevancia en el relato, excepto quizás la circunstancia de que durante mi servicio en la India me sentía más a gusto entre los maestros nativos de barbas blancas que entre mis compañeros oficiales. Había ahondado no poco en los extraños saberes orientales cuando sufrí las calamidades que me empujaron en busca de una nueva vida en el gran Oeste americano... una vida en la que me pareció mejor tomar otro nombre, el que ahora llevo, que es muy común y no significa nada.

Durante el verano y el otoño de 1894 viví en las áridas extensiones de las montañas Cactus, empleado como peón en la famosa mina Norton, cuyo descubrimiento por un viejo propector algunos años antes había convertido los contornos de una zona apenas poblada en un hirviente caldero de sórdida vida. Una caverna de oro, bajo un lago de montaña, había enriquecido a su venerable descubridor más allá de los sueños más disparatados, y ahora era el escenario de masivas operaciones de apertura de túneles por parte de la corporación que había terminado comprándola. Se habían descubierto más grutas y la producción de amarillo metal resultaba asombrosamente grande, por lo que un poderoso y heterogéneo ejército de mineros se afanaba día y noche en las numerosas galerías y oquedades pétreas. El superintendente, un tal señor Arthur, disertaba a menudo sobre la singularidad de las formaciones geológicas locales, especulando sobre la posible extensión de la red de cueva y estimando el futuro de la titánica empresa minera. Consideraba que aquellas cavidades auríferas eran el resultado de la acción del agua, y creía que pronto se franquearía la última de ellas.

Al poco de llegar yo y ser contratado, Juan Romero vino a la mina Norton. Uno más de la inagotable caterva de mejicanos sucios que llegaban del país vecino, llamó desde un principio la atención por sus facciones, que, aunque claramente del tipo piel roja, resultaban, sin embargo, destacables por su color claro y sus rasgos refinados, completamente diferentes de los vulgares «greasers» o piutes de la localidad. Es curioso que, aun diferenciándose de forma tan asombrosa de los indios hispanizados o los puros, Romero no daba impresión de poseer traza de sangre caucasiana. No era el conquistador castellano ni el pionero americano, sino el antiguo y noble azteca el que venía a la imaginación cuando el silencioso peón se levantaba al clarear, contemplando fascinado cómo el sol se alzaba sobre las colinas orientales y tender al tiempo sus brazos al orbe, como ejecutando algún rito cuya naturaleza ni él mismo llegaba a comprender. Pero, aparte de su rostro, Romero no daba ni un atisbo de nobleza. Sucio e ignorante, su lugar estaba junto a los otros cetrinos mejicanos, siendo procedente (según me contaron más tarde) de los más bajos estratos sociales de los contornos. Fue encontrado de niño en una tosca choza montañesa, el único superviviente de una epidemia que había diezmado la zona. Cerca de la choza, al pie de una fisura en la roca, bastante insólita, se hallaban dos esqueletos recién descarnados por los buitres; presumiblemente los restos de sus progenitores. Nadie recordaba sus identidades y pronto casi todos los olvidaron. Además, el derrumbamiento de la cabaña de adobe y el cierre de la fisura rocosa como consecuencia de una posterior avalancha había ayudado a difuminar aún más todo aquello en el recuerdo. Criado por el cuatrero mejicano que le prestara su apellido, Juan se diferenciaba poco de sus iguales.

El aprecio que Romero me mostraba tenía sin duda su origen en el extraño y antiguo anillo hindú que yo acostumbraba a lucir cuando no estaba trabajando. Prefiero no comentar ni su naturaleza ni cómo había llegado a mis manos. Era mi última ligazón con un capítulo de mi vida ya cerrado para siempre, y lo tenía en gran estima. Pronto descubrí que aquel mejicano de extraño aspecto estaba también interesado en él, observándolo con una expresión que ahuyentaba cualquier sospecha de mera codicia. Sus antiguos símbolos parecían avivar algún débil recuerdo en su mente, inculta pero despierta, aunque no podía haberlo visto antes. A las pocas semanas de su llegada, Romero era como mi fiel sirviente, a pesar de que yo mismo no era sino un vulgar minero. Nuestra conversación era por fuerza limitada. Él sabía unas pocas palabras de inglés, mientras que yo descubrí que mi español de Oxford a veces difería notablemente de la jerigonza del peón de Nueva España.

Los sucesos que estoy a punto de relatar no se vieron precedidos por grandes presagios. Aun cuando Romero me resultaba un personaje interesante, y aunque mi anillo le había afectado de manera tan peculiar, no creo que ninguno de nosotros tuviese atisbos de lo que ocurriría tras la gran explosión. Considerandos de orden geológico habían aconsejado una prolongación hacia abajo de la mina, partiendo de la parte más profunda del área subterránea, y, creyendo el superintendente que no encontraría sino roca sólida, se había colocado una prodigiosa carga de dinamita. Ni Romero ni yo estábamos conectado con tal trabajo, así que la primera noticia que tuvimos de los extraordinarios pormenores nos llegó por intermediación de otros. La carga, quizás más potente de lo esperado, pareció estremecer la montaña entera. Las ventanas de los barracones de la ladera saltaron en pedazos con la onda de choque, mientras que los mineros situados en pasadizos próximos se vieron derribados. El lago Joya, cercano al lugar del suceso, se encrespó como alborotado por la tempestad. Al investigar, se descubrió un nuevo abismo abierto sin fin bajo el lugar de la explosión; una sima tan monstruosa que ninguna sonda de mano alcanzaba a medirla, ni lámpara alguna a iluminarla.

Confundidos, los picadores tuvieron una conferencia con el superintendente, que mandó grandes tramos de cuerda al hoyo, ordenando que se empalmara y arriara sin tregua, hasta tocar fondo. No tardaron los empalidecidos trabajadores en informar al superintendente de su fracaso. Firme pero respetuosamente, le dieron cuenta de su negativa a volver al abismo o siquiera a trabajar de nuevo en la mina hasta que éste fuese cegado. Sin duda, estaban ante algo que rebasaba su experiencia, ya que, hasta donde a ellos les constaba, aquel vacío era infinito.

El superintendente no se lo reprochó. De hecho, reflexionó a fondo e hizo múltiples planes para el día siguiente. El turno de noche no acudió esa tarde al trabajo. A las dos de la mañana, un solitario coyote comenzó a aullar quejumbrosamente en la montaña. En algún lugar dentro de la prospección un perro ladró en respuesta; al coyote... o a lo que fuese. Una tormenta iba formándose sobre la sierra y nubes de extrañas formas corrían de forma horrible por el turbio camino de luz celeste que mostraba los intentos de una luna gibosa por brillar a través de multitud de capas de cirrostratros. La voz de Romeno, procedente de la litera superior, me despertó; una voz tensa y excitada por culpa de una expectación indeterminada que yo no llegaba a entender.

-¡Madre de Dios!... el sonido... ese sonido... ¡oiga usted!... ¿lo oye usted?... ¡Señor, ESE SONIDO!
Escuché, preguntándome a qué sonido podría referirse. El coyote, el perro, la tormenta, todo eso era audible; esta última cobraba ahora fuerza mientras el viento aullaba más y más frenéticamente. Se veían relámpagos por las ventanas del barracón. Le pregunté al nervioso mejicano, enumerando los sonidos escuchados:
-¡El coyote?... ¿el perro?... ¿el viento?
Pero Romero no contestaba. Luego comenzó a murmurar espantado:
-El ritmo, señor... el ritmo de la tierra... ¡ESA VIBRACIÓN BAJO EL SUELO!

Y ahora yo también lo escuché; lo escuché y me estremecí sin saber por qué. Abajo, muy por debajo mío había un sonido -un ritmo, tal como dijera el peón- que, aunque sumamente débil, aún así se imponía al perro, al coyote y la tormenta que arreciaba. No tiene sentido tratar de describirlo... ya que es algo imposible de describir. Pudiera ser como el latido de las máquinas muy abajo en los grandes buques, tal como se siente desde cubierta, aunque no era tan maquinal, tan desprovisto de vida y consciencia. De todas sus características, fue su hondura lo que más me impresionó. A mi cabeza acudieron fragmentos de un pasaje de Joseph Glanvill que Poe ha citado con tremendo efecto...

«La amplitud, profundidad e insondable de Su creación, que tienen una hondura mayor que la del pozo de Demócrito.»

Repentinamente, Romero saltó de su litera, deteniéndose ante mí para mirar el extraño anillo en mi mano, que relucía extrañamente a cada relámpago, escrutando luego con intensidad en la dirección de la boca de la mina. Yo también me levanté, y no nos movimos durante un rato, aguzando el oído mientras el extraordinario ritmo parecía tomar más y más cualidad de vida. Entonces, sin aparente voluntad, comenzamos a ir hacia la puerta, cuyo batir en alas del temporal daba una confortante sugerencia de realidad terrena. El canto de las profundidades -de las que ahora parecía brotar el sonidoaumentaba en volumen y definición, y nos sentimos irresistiblemente urgidos afuera, a la tormenta y la hueca negrura de la boca.

No nos cruzamos con criatura viviente alguna, ya que los hombres del turno de noche habían sido liberados del trabajo y ahora estaban sin duda en el poblado de Dry Gulch, propalando rumores siniestros en el oído de algún adormilado tabernero. Sin embargo, un pequeño cuadrado de luz amarilla, como un ojo guardián, resplandecía en la caseta del vigilante. Me pre- gunté de pasada cómo habría afectado el rítmico sonido a éste, pero Romero se apresuraba y yo le seguí sin detenerme.

Según entrábamos en el pozo, el sonido inferior se convirtió definitivamente en algo compuesto. Me resultaba horriblemente parecido a alguna especie de ceremonia oriental, con batir de tambores y cánticos de múltiples voces. Yo, como bien saben, estuve mucho tiempo en la India. Romero y yo, casi sin vacilar, atravesábamos túneles y bajábamos escalas, encaminados siempre hacia lo que nos atraía, aunque reluctantes y presos de un lastimero e indefenso temor. Una vez creí haberme vuelto loco... fue cuando, asombrado al notar que nuestro camino estaba iluminado sin el concurso de lámparas o velas, descubrí que el viejo anillo en mi dedo resplandecía con espectral radiación, derramando un pálido brillo a través del aire húmedo y pesado en el que estábamos sumidos.

Sin previo aviso, Romero, tras descolgarse por una de las muchas rústicas escalas, echó a correr dejándome solo. Alguna nota nueva y extraña en aquellos redobles y cánticos, perceptible sólo de forma muy ligera para mí, lo habían abocado a ello, y, lanzando un grito salvaje, se adentró totalmente a ciegas en las tinieblas de la caverna. Escuché sus gritos repetidos delante mío mientras trastabillaba con torpeza en los sitios nivelados y descendía enloquecido las desvencijadas escalas. Aterrado como me encontraba, aun guardaba el suficiente sentido como para notar que su habla, cuando resultaba articulada, no se parecía a nada que yo conociera. Polisílabos duros pero impresionantes habían suplantado a la acostumbrada mezcla de mal español y peor inglés, y de entre ellos sólo el «Huitzilopotchli», frecuentemente repetido, me resultaba al menos familiar. Más tarde ubiqué esa palabra entre los trabajos de un gran historiador... y me estremecí al establecer las asociaciones.

La culminación de esa noche espantosa fue complejo aunque algo breve, comenzando al alcanzar la última caverna del periplo. De la oscuridad que tenía inmediatamente delante brotó un último grito del mejicano, acompañado por un coro de sonidos tan terribles que no podría oírlos de nuevo y sobrevivir. En ese instante pareció como si todos los terrores y las monstruosidades ocultas de la tierra se hubieran vuelto tangibles en un esfuerzo por aplastar a la humanidad. Simultáneamente se apagó la luz de mi anillo y distinguí el resplandor de una nueva luz que procedía de algún espacio inferior, aunque sólo se hallaba a unos metros delante. Había llegado al abismo, que ahora resplandecía rojizo, y que, evidentemente, había devorado al infortunado Romero.

Avanzando, me asomé al borde de esa sima que ninguna sonda alcanzaba a medir y que ahora era un pandemónium de llamas que saltaban con pavoroso rugir. Al principio no distinguí sino un turbulento hervidero de luminosidad; pero luego algunas sombras, todas infinitamente lejanas, comenzaron a perfilarse entre la confusión y vi.... ¿era eso Juan Romero?... ¡pero, por Dios! ¡no me atrevo a decir lo que vi!.. algún poder celestial, viniendo en mi ayuda, ocultó imágenes y sonidos en una especie de choque como el que debe escucharse cuando dos universos colisionan en el espacio. Se desató el caos y me fue concedida la paz de la inconsciencia.

Apenas sé cómo proseguir, ya que hay involucradas unas condiciones tan singulares; pero debo llegar al final sin intentar discernir qué fue real y qué ilusión. Al despertar, estaba sano y salvo en mi barraca, y el resplandor rojo del alba se divisaba desde la ventana. Algo más allá yacía, sobre una mesa, el cuerpo sin vida de Juan Romero, rodeado por un grupo de hombres entre los que se contaba el médico del campamento. Hablaban de la extraña muerte que había sobrevenido al mejicano durante el sueño; una muerte al parecer conectada de alguna forma con el terrible rayo que había alcanzado y estremecido a la montaña. No había causa visible de la muerte, y una autopsia no pudo encontrar una razón por la que Romero no pudiera estar vivo. Por retazos de conversa- ción, supe sin ninguna duda que ni Romero ni yo habíamos abandonado el barracón en toda la noche, y que nadie se había despertado al paso de la espantosa tormenta sobre la sierra Cactus. Esa tormenta, dijeron los hombres que se habían aventurado hasta el pozo de la mina, había causado grandes derrumbes, cegando completamente el profundo abismo que tanta aprensión despertara el día antes. Al preguntar al vigilante sobre qué sonidos habían precedido al poderoso trueno, mencionó a un coyote, un perro y el gruñón viento de la montaña... nada más. No tengo motivos para dudar de su palabra.

Al reanudar el trabajo, el superintendente Arthur llamó a algunos hombres de toda confianza para hacer algunas investigaciones en el lugar donde surgiera el abismo. Obedecieron, aunque sin gran entusiasmo, y se hizo un profundo sondeo. Los resultados fueron muy curiosos. El techo del abismo, tal como se comprobó cuando éste se abrió, no era grueso en modo alguno; pero ahora los taladros de los investigadores se toparon con lo que parecía ser una ilimitada extensión de roca sólida. No encontrando nada más, ni siquiera oro, el superintendente abandonó esos tanteos, aunque una mirada de perplejidad asomaba a veces en su expresión cuando se encontraba meditando, sentado a su mesa.

Hay otra cosa curiosa. Al poco de despertar la mañana siguiente a la tormenta, descubrí la inexplicable falta del anillo hindú en mi dedo. Lo tenía en gran estima, aunque, sin embargo, experimenté cierta sensación de alivio ante su desaparición. Si uno de mis compañeros me lo robó, anduvo lo bastante listo en librarse del botín, ya que a pesar de los reclamos y de una búsqueda policial, el anillo no volvió a ser visto jamás. De todas formas, dudo que fuera robado por manos mortales, ya que me enseñaron muchas cosas extrañas en la India.

Mi opinión sobre todo esto varía de cuando en cuando. A pleno día y en casi todas las estaciones me siento inclinado a creer que casi todo fue un simple sueño; pero a veces en otoño, sobre las dos de la madrugada, cuando los vientos y los animales aúllan quejumbrosamente, me llega de una inconcebible hondura un condenado atisbo de rítmico batir... y siento que la transición de Juan Romero fue, de hecho, algo terrible.